El psicoanalisis y el momento actual

EL PSICOANÁLISIS EN TIEMPOS DE INMEDIATEZ, VIGENCIA DE UNA PRÁCTICA INTEMPESTIVA

por Melina David, Psicoanalista y Psicóloga Social



























Vivimos en una época marcada por la velocidad, la hiperconexión y la inmediatez. La tecnologìa con sus dispositivos y algoritmos, nos promete respuestas  a todo: desde el clima de mañana hasta el sentido de nuestra existencia. El malestar contemporáneo ya no se presenta bajo el ropaje del síntoma clásico, sino más bien en formas difusas, rápidas, líquidas: ansiedad, desconexión, vacìo, angustia sin nombre.

El sujeto llega al consultorio no ya con la demanda de saber sobre su deseo, sino con la exigencia de soluciones inmediatas, eficaces, incluso cuantificables. “¿Què tengo ?”, “¿Cuanto va a durar?”, “¿Qué hago con esto?”. El tiempo del inconsciente, sin embargo, no responde a esta lògica. No es el tiempo de la app ni del delivery emocional, es decir, es como lo que no se puede pedir a la carta y encontrarse con lo que falta. El inconsciente, como lo señaló Lacan, tiene su lógica, su estructura de lenguaje, y su tiempo: el de la après-coup, el de lo que resuena después. En este artículo quiero abordar la cuestión del psicoanálisis como una práctica a contramano de la época.


En un mundo que borra la falta, que empuja al goce sin límite, el psicoanálisis restituye algo del vacío estructural, del deseo, de lo no-todo. Es, como decía Lacan, un discurso sin amo que no ofrece garantías. No responde al llamado urgente del Yo que quiere respuestas, sino que apunta a hacer hablar al sujeto más allá de sus certezas. 


La inteligencia artificial, es un ejemplo de la inmediatez. Puede ofrecer respuestas informadas, simular empatìa, producir textos, acompañar en el insomnio. Pero no hay en ella sujeto del inconsciente. No hay transferencia, ni lapsus, ni deseo. Frente a eso, el psicoanalista ocupa un lugar ètico: no el de quien sabe, sino el de quien se presta a escuchar el saber del inconsciente en su singularidad.


POSMODERNIDAD, GLOBALIZACIÓN Y DISCURSO CAPITALISTA: HOY SUBJETIVIDADES DESORIENTADAS


Los años 90 estuvieron marcados por la consolidación del capitalismo global y el discurso neoliberal. La llamada posmodernidad, lejos de ser solo una categoría estética y cultural, describe un momento de profunda crisis simbólica, porque hay un andamiaje que se desarma. Lo “simbolico” es lo que da sentido, el lenguaje, lo que heredamos del Otro, la familia, la cultura, la sociedad. Se caen los grandes ideales colectivos, hay descrédito de los proyectos emancipatorios y exaltación del yo y de los goces privados. 


Para quienes sostenemos la vigencia del psicoanálisis, este “fin” no es más que el resultado ideológico de la ofensiva del capital tras la caída del muro de Berlín. No se trata de un agotamiento natural del deseo de transformación, sino de una estrategia cultural para neutralizar el malestar social y conducirlo hacia soluciones individuales, inmediatas y mercantilizadas. Los 90 fue la década del individualismo.


Se consolidó una forma de subjetividad profundamente marcada por la inmediatez, la fragmentación y el consumo: el mercado se impone como único regulador social, y la subjetividad se adapta a esa lógica. 


Hoy, a diferencia de los 90, vivimos en una crisis de representación. En la subjetividad, la inmediatez se acentúa. Surgen dudas, miedos, incertidumbre. Las nuevas tecnologías, prometen una completud que elimina el vacío estructural. No hay demora, ni espera, ni deseo: hay eficiencia, respuestas automáticas y una sensación de control que, sin embargo, no hace más que intensificar la angustia.


Lacan anticipó la lógica del discurso capitalista, que hoy encuentra en la globalización y la tecnología sus formas más acabadas. En este discurso, el sujeto no se constituye en la falta, sino que queda atrapado en un circuito cerrado entre el saber y el objeto de goce (objeto a), sin mediación simbólica. El significante que antes organizaba, el Nombre del Padre, pierde su función y se transforma en un dato manipulable. Lo vemos hoy: el sujeto ya no se pregunta qué desea, sino como rendir, cómo producir, cómo consumir y ser consumido.


En 1970, Lacan plantea que en el discurso capitalista hay un desplazamiento del sujeto del deseo hacia el sujeto consumidor. Este discurso no está regulado por la castración, sino que opera sobre una lógica de satisfacción inmediata, rechazo de la falta y circulación sin tope del objeto a.

El consumismo entonces es una respuesta ideológica a la falta estructural del sujeto, una forma de suturar. En vez de alojar la división del sujeto, el discurso capitalista la forcluye y la reemplaza por un llamado a consumir y esto incluye objetos materiales, vínculos, saberes prefabricados y experiencias emocionales y terapéuticas. 

El consumismo como significante nombra hoy una una forma específica del goce, que es rápido, anónimo y subjetivado, cuantificable, el sujeto ya no pregunta por su deseo, sino por la mejor manera de acceder al goce que se le ofrece, como si fuera un derecho o una mercancía. 



EL TIEMPO DEL INCONSCIENTE


La inmediatez aplasta al tiempo de comprender, exige un saber que está disponible en lugar de un saber en construcción, pero ese inconsciente no habla en tiempo real, ni su lógica es lineal ni literal. El analista debe desarmar la pregunta con la que el analizante llega al consultorio para poder demandar, y recorrer al agujero que hace surgir al deseo.

El análisis propone un recorrido sin garantías, guiado por los tropiezos del inconsciente, donde en el decir se escapa, se repite, se pierde, se equivoca.


Armamos una cadena simbólica que nos hace sentir sujetos, la función materna nos permite, cuando somos bebés, a esperar, a “soportar” la no inmediatez, nos constituye en seres deseantes. 

La inmediatez que estamos viviendo, la necesidad de respuestas concretas a los padecimientos, la tecnología al servicio de la no tolerancia a la frustración, ayuda a que se debilite el principio de realidad. Como dice Mario Malaurie (1): “ Alcanzar el “principio de realidad”, no supone en absoluto renunciar al placer, a la obtención del objeto, sino posponer su logro, recorrer un circuito temporal, renunciar a la inmediatez, renunciar a lo que Ulloa denominara para las funciones, una “estructura de demora”. Regidos por el principio de realidad, anhelamos el objeto, pero evitamos abalanzarnos sobre èl, conscientes de algo llamado consecuencia, y optamos por la perífrasis, el objeto que abrevia a la diacronía. Es la instancia de la espera”.

Hoy parece que solo lo que importa es consumir y consumir y producir, obturando el deseo.

En el texto de Nieves Soria (2), “Declinación del nombre del Padre (S1) y nuevo agente”, retoma a Lacan para mostrar que en el discurso capitalista el significante rector (S1) ya no orienta al sujeto: el sujeto lo manipula con saber cientìfico para buscar un goce ilusorio de completud. Esto conlleva una pérdida de anclaje simbólico, lo que produce desorientación e identidades débiles. 

Vivimos en una época de falta de representación que provoca ausencia de ideales, vacíos que no se soportan, agujeros que no se dejan caer, generando síntomas como ataques de pánico, adicciones a drogas duras y a las redes sociales.  

En ese sentido se genera la necesidad de “usar y tirar” sin ningún tipo de mediación emocional. De ese modo los analizantes llegan al consultorio con la misma necesidad, “usar y tirar”, “dame una respuesta concreta”, "¿que hago?”, “¿como soluciono esto?”, “¿cómo se cura?” El discurso capitalista empuja al goce sin límites, con urgencia y sin renuncias. Esto genera síntomas dominados por lo real y no por lo simbólico: crisis de pánico, agotamiento, violencia, anorexia, bulimia, disforia y dismorfias asociadas a que el sujeto quede atrapado en su imagen narcisista y en la virtualidad, donde todo transcurre en lo inmediato.

El “sos libre, hace lo que quieras”, el falso ideal de libertad de siempre pero de hoy mucho màs, no genera alivio, sino todo lo contrario, angustia, no hay un Padre que ordene. Los síntomas hoy aparecen más ligados al cuerpo, se van “alejando” los síntomas como la histeria, la obsesión o las fobias, y aparecen síntomas más relacionados a lo corporal que son sostenidos por el discurso capitalista que empuja a gozar, consumir y mostrarse, y aunque se esté “hiperconectado”, la soledad es la que abunda.


TECNOLOGÍA Y MALESTAR: ENTRE EL BENEFICIO COLECTIVO Y EL EMPUJE AL GOCE INDIVIDUAL


Hacia el final de “El malestar en la cultura”, Freud reconoce que los avances técnicos han permitido aliviar múltiples formas de sufrimiento humano: “La técnica ha aumentado prodigiosamente nuestro poder, pero aún no hemos logrado saber qué hacer con el poder”. Aquí hay un punto, la tecnología no es ni buena ni mala, su sentido depende del modo en que se articula con el deseo. el lazo social y la posición ética política que se toma.

Las fuerzas productivas bajo el sistema capitalista son absorbidas por la lógica del mercado y no están al servicio del bien común, sino que son utilizadas como herramientas de control y explotación. La tecnología en este sistema, no alivia el malestar, sino que lo amplifica al imponer un nuevo ideal que es el de estar siempre disponibles y ser siempre los mejores.

El psicoanálisis propone desde su lugar, una lectura que permita discernir entre un uso alienante y un uso emancipador de los recursos. Cuando la técnica se pone al servicio de la vida, de lo común, de la palabra compartida, en lugar de alimentar la ilusión de autonomía total y felicidad programada, entonces puede abrirse otra escena.

Una en la que el avance también sea subjetivo y colectivo, y en ese andar el psicoanálisis tiene algo que decir, no contra la técnica, sino a favor de una ética que no borre la división del sujeto, ni el lazo que lo constituye.


LA FICCIÓN DEL YO UNITARIO Y LA IRRUPCIÓN DEL INCONSCIENTE: VIGENCIA DE LA DIVISIÓN SUBJETIVA


Bajo este contexto, se consolida una imagen del sujeto como ente autosuficiente, transparente y coherente consigo mismo. Esta ficción del Yo unificado es alentada por los discursos terapéuticos alineados al mercado por los dispositivos tecnológicos que capturan y moldean la subjetividad en tiempo real. Sin embargo, la enseñanza freudiana introduce una ruptura fundamental con esta ilusión de mismidad y de cuerpo “óptimo”. En “El malestar en la cultura" (1930), Freud advierte: “En condiciones normales nada nos parece tan seguro y establecido como la sensación de, nuestra mismidad,de nuestro propio yo. Este se nos presenta como algo independiente, unitario, bien demarcado frente a todo lo demás. Solo la investigación psicoanalítica nos ha enseñado que esa apariencia es engañosa: que por el contrario el yo se continua hacia dentro en el campo del aparato psíquico”.

Esta concepción resulta especialmente relevante para abordar los síntomas contemporáneos, como el pánico, las adicciones, la angustia sin nombre, que emergen justamente cuando esa fachada se resquebraja ante la presión de los imperativos del goce y la eficacia.

Ya Freud en “El malestar en la cultura”, señala que la misma impone renuncias pulsionales necesarias para la vida en común, pero que al hacerlo genera un sufrimiento estructural en el sujeto. La tensión entre el deseo individual y las exigencias de la vida social nunca se resuelve del todo. Hoy algo de eso fue mutando: ya no se trata de renunciar, sino de gozar a toda costa, de consumir sin falta, de eliminar el malestar en lugar de tramitarlo.

Pareciera que allí donde antes había mediaciones simbólicas, hoy hay otro imperativo. Pero el malestar no cesa, solo cambia de ropaje. Lo que emerge en ese sentido es un vacío frente a la imposibilidad de alcanzar el goce prometido. 

Freud señala algo muy sutil y profundo: que la búsqueda de felicidad responde, en el fondo, a la realización de deseos infantiles e inconscientes, deseos que nunca se satisfacen del todo. De ahí la insatisfacción crónica del sujeto. Hoy la cultura ya no se construye sobre la renuncia sino sobre la promesa de un goce inmediato y constante promovido por el mercado, la tecnología y la lógica del rendimiento. El discurso capitalista, como bien dice Lacan, no plantea una moral de prohibición, sino una ética del empuje: ¡Gozá!, pero ese empuje lejos de eliminar el malestar lo radicaliza. En lugar de culpa ahora aparece la angustia muda, en lugar de represión aparece la saturación.


PROMESAS DE SENTIDO RAPIDO: TERAPIAS ALINEADAS AL DISCURSO CAPITALISTA


No hay que buscar mucho para ver cómo hoy proliferan múltiples dispositivos terapéuticos, desde las terapias cognitivo conductuales hasta el coaching, la astrología terapéutica o los discursos motivacionales, que, cada uno, a su modo, prometen soluciones rápidas, herramientas aplicables, sentido inmediato o alivio garantizado, màs despues de la pandemia donde se profundizò la bùsqueda de salidas que ayuden a la salud mental, donde se incrementò la matrìcula para carreras como Psicologìa. Pero no se trata de descalificarlos en absoluto, sino de ubicarlos como prácticas acordes al discurso dominante, al imperativo de “estar bien”, “ser funcional”, “gestionar las emociones”, “superarse” y fundamentalmente ser “productivos”. Todos ellos, en algún punto, se alinean con el intento de suturar la división subjetiva, de reducir el síntoma a un problema con solución a un error que puede corregirse. El sujeto queda tomado como un Yo autónomo, capaz de adaptarse, optimizarse o reprogramarse.

El psicoanálisis no propone metas ni resultados medibles, ni técnicas universales aplicables. Trabaja con el deseo, con el inconsciente, con el malentendido. En lugar de orientarse por la eficacia o la adaptación, propone una ética del no-todo, del no saber, de lo singular. Y en tiempos donde todo parece poder explicarse por una carta natal, un algoritmo o una escala de síntomas, sostener el psicoanálisis es, más que nunca, una apuesta política y subjetiva.


EJEMPLO DE UN CASO CLÍNICO


Recuerdo una paciente, a quien llamaré X, que había sido víctima de abusos sexuales por parte de su tío, su primo y su hermano en la infancia y adolescencia, a pesar de su historial traumático, pudo constituir una familia, y construir algo del lado de la vida. Pero hubo un momento que no soportaba su cuerpo, le provocaba asco, rechazo, como una urgencia de salirse de él. Quería dormir y para eso deseaba tomar muchos ansiolíticos. En eso se encarnaba algo del orden del dolor psíquico con una salida inmediata, directa, no pensar, no sentir y no estar.

Durante el proceso, que incluyó tratamiento psiquiátrico y acompañamiento psicoanalítico, hubo momentos en los que preguntaba con insistencia “¿qué hago con esto?”, con su cuerpo, con lo vivido, con lo que empezaba a decirse. Y sin embargo fue necesaria la espera y la demora, fue necesario no apurar esa pregunta, no responder con técnicas ni consejos, sino sostenerla en transferencia para que algo pudiera construirse. La simbolización no se impone, se produce en el tiempo otro, a contrapelo del mandato de la época.

Este ejemplo del caso clínico, muestra cómo el sujeto, aún atravesado por experiencias traumáticas extremas, puede haber un espacio que lo escuche, inventar una salida propia. El cuerpo que antes era solo escenario del horror, pudo volver a ser habitado, no como un cuerpo ideal ni reconciliado, sino como un cuerpo hablante, que pudo entrar en la cadena significante.


El recorrido de esta paciente, como tantos otros que se escuchan en los consultorios, da cuenta de que la apuesta analítica sigue vigente porque no responde al empuje de la época. Allí donde todo se orienta a la descarga, a la solución rápida, al consumo de respuestas, el psicoanálisis propone un tiempo de espera de elaboración y de invención de lo singular. No se trata de adaptarse al síntoma ni de borrarlo, sino de leerlo y de escucharlo.

El discurso capitalista no tolera la división subjetiva, la falta ni el vacío estructural y ofrece objetos a consumir como soluciones totales. Pero el malestar insiste y ahí el psicoanálisis se vuelve necesario, porque no pretende cerrar sino abrir. Ofrece un sentido desde el decir del sujeto.

El análisis sigue siendo uno de los pocos espacios donde la singularidad no es borrada, donde la palabra tiene valor y donde el tiempo no es tirano.



EL LUGAR DEL ANALISTA


Vemos entonces que el analista no es proveedor de sentido ni de soluciones. No se ofrece como objeto de consumo emocional ni de saber técnico, reintroduce la falta y escucha el deseo singular del analizante.

Pone en valor la demora, la espera, el tropiezo, la transferencia, cuestiones antagónicas al momento actual.

Lo que está en juego en esas preguntas concretas del sujeto, en esa demanda, es la fantasía de un sujeto completo, sin división. El psicoanálisis no solo sostiene la división sino que la hace hablar.

La división del sujeto es constitutiva, surge en el momento en que el ser hablante entra en el lenguaje y queda capturado por los significantes del Otro, algo de su ser se pierde para siempre y eso es lo que funda el deseo. El discurso capitalista ofrece una idea de completud, consumir para colmar, saber para controlar, gozar sin resto. Cuando se borra la falta irrumpe el síntoma.

En la clínica lo vemos cada vez más: el ataque de pánico aparece muchas veces como un agujero en lo simbólico, una irrupción en lo real que no se deja decir ni predecir, donde el cuerpo queda tomado por algo que excede al Yo. Es un sujeto atravesado por un goce que no se deja simbolizar.

Las adicciones a sustancias, a dispositivos o redes sociales intentan también tapar la división, suturar con objetos que prometen una satisfacción total que nunca alcanza. El consumo frente al vacío actúa como defensa, pero termina agravando, en un circuito compulsivo que lo aleja del deseo.

En ocasiones también se ven en dismorfias o síntomas ligados a la imagen corporal, aquí el sujeto queda fijado a una mirada que no perdona, que exige una forma ideal que no tiene fisuras. Tampoco aloja la falta, y el cuerpo se convierte en una batalla imposible contra la castración.


¿QUÉ VALOR CONSERVA UNA PRÁCTICA QUE NO PROMETE SOLUCIONES, QUE NO SE PRESENTA COMO SABER, Y QUE INCLUSO PUEDE RESULTAR INTEMPESTIVA?



La pregunta se responde en acto, en cada análisis que acontece, en cada sujeto que puede separarse de la demanda del Otro para inventar algo propio. Su vigencia no se mide por su popularidad, sino por su capacidad  de tocar lo real que escapa a los discursos de éxito, la eficacia y el algoritmo.

Tal vez hoy más que nunca, cuando todo tiende a saturarse de sentido, de datos y de palabras vacías, el silencio del analista, su espera, su acto, sostienen un espacio otro. Uno donde el sujeto puede tropezar con eso que no encaja, con lo que angustia, pero también con lo que abre una posibilidad de deseo. 

Los pacientes llegan al consultorio con una necesidad de que les brindemos un diagnóstico, que les permita ubicarse en un saber, esto responde a la lógica del amo, que incluye el control, la eliminación de la falta y promueve el rendimiento.

El psicoanálisis no responde a esta lógica, a la del amo, el inconsciente no se rige por la urgencia del Yo, se manifiesta a través de sus formaciones. 

El analista no es quien sostiene el saber ni el que da “soluciones”, sino el que le da lugar a una escucha, trata de abrir lo revelador del deseo.

Hoy la IA habilita preguntas y respuestas inmediatas sin poder esperar ni dar lugar al sujeto y al deseo, no hay experiencia subjetiva en ese andamiaje.

La IA artificial no aloja el equívoco, ni al inconsciente ni a la transferencia, no hay un Otro barrado, hay un saber que da la sensación de completud sin dar lugar a la falta, al resto para alojar al deseo.


EL PSICOANÁLISIS Y SU POTENCIALIDAD


El psicoanálisis va a contramano, pero no caprichosamente, es un discurso sin amo, apunta a hacer hablar al sujeto más allá de sus certezas. Este mundo insiste en borrar la falta todo el tiempo, empuja al goce sin límite, y el psicoanálisis restituye ese vacío, para poder agujerear. Como práctica intempestiva, introduce una grieta en este sistema: no responde al mandato del rendimiento ni a la urgencia del Yo. Propone un espacio donde el sujeto pueda hablar más allá de sus certezas, hacer lugar a la falta, y recuperar el tiempo del deseo.Desactiva el imperativo del amo y así abre la posibilidad de inventar otra cosa.

El sujeto pide una cosa pero desea otra y ahì es que opera el psicoanàlisis, si cede a la 

demanda, obtura el deseo y no hay resto. Si no hay resto no hay deseo.










NO HAY RINCÓN DONDE ESCAPAR: LA SATURACIÓN DEL LAZO Y EL MALESTAR SIN REFUGIO


Milo J canta  “No hay rincòn donde escapar”, y con ello nombra de forma cruda y sensible una vivencia cada vez màs extendida entre los jòvenes: la de una subjetividad sin resguardo, asediada por mandatos de rendimiento, de consumos, conectividad permanente y exposiciòn constante. 

“Los colores se hacen grises, no hay rincòn donde escapar, ilusiones infelices, mi confort es la soledad. Creo que no soy tan bueno como un dia prometi y el insomnio pregunta “¿cuánto puedo seguir?”, gritándole al destino “no te olvides de mi” y aunque varios lo hicieron aun no puedo morir” (Rincón - MILO J)

El joven artista de sólo 18 años, expresa en este fragmento de su canción la imposibilidad de soportar ese vacío, el agujero de la falta y ante eso quedar solo, aislado en su soledad, con insomnio rumiante, se pregunta cuánto puede seguir, hasta dónde.

Ese “no hay afuera”resuena con el discurso lacaniano, que borra la castración simbólica y empuja al sujeto hacia un goce sin límites. 

En este contexto, en esta época, el rincòn ya no es posible como lugar de repliegue, sino que incluso allì, en la intimidad, irrumpe el ruido del Otro social. En esa saturación es donde el psicoanálisis se vuelve una práctica intempestiva: no propone un rincòn para escapar, sino un lugar para decir, para tramitar lo insoportable desde la palabra, ahí donde la época lo empuja a silenciarse o medicarse. El consultorio, lejos de ser un refugio en sentido edulcorado, se convierte en un espacio donde puede alojarse la división subjetiva que el mundo actual niega.

Otro ejemplo es la canción de Dillom “Mi peor enemigo”, es una radiografía cruda del malestar contemporáneo, en especial en los jóvenes. El autor plantea que él es su propio enemigo, no hay un Otro donde pueda caer. “Me paso toda la noche caminando en zig zag. Tengo ese sinsabor que tiene un plato sin sal. La vida pasa rápido, puta, tic-tac”, ahí donde la vida misma cae en un lugar donde nada tiene sabor ni sentido, aparece la ansiedad, la inmediatez, el"hacer "" y "ser algo” porque la vida pasa rápido.

“Nunca pude dar mi cien por ciento. Y poco a poco me volví mi peor enemigo. Por buscarme en un envase vacío”, Dillom expresa en estos renglones la imposibilidad de alcanzar una completud imaginaria, la exigencia constante de rendimiento y la alienación de una imagen vacía  de sí. También anida un mandato Superyoico que empuja al sujeto a un ideal inalcanzable y cuando ese ideal fracasa emerge la autoagresión.

El sujeto en ese envase vacío, se busca a sí mismo en el lugar donde no está: en la imagen, en el cuerpo trabajado, en la productividad sin pausa, en el consumo, en el reconocimiento inmediato del Otro.

En la canción de Dillom, la figura del enemigo “interno” expone la caída del Otro como referencia estructurante. Cuando no hay otro que aloje, que escuche o que limite, el sujeto queda a solas con un goce que lo desborda y lo empuja hacia salidas a veces mortíferas. 

“Me paso toda la noche caminando en zig zag”, el tic-tac,”la vida pasa rápido”, el reloj, el tiempo, imponen un ritmo que empuja al sujeto a rendir, a no detenerse, a buscarse en imágenes veloces y vacías, ahí se intensifican los síntomas y se borra el deseo.

Por eso en tiempos donde pareciera que los colores se apagan bajo la luz blanca del rendimiento y la exigencia, donde el discurso dominante tiñe todo de un gris uniforme, eficiente, productivo, anestesiado, el psicoanálisis, lejos de pretender ser una salida política, sostiene otra lógica. No se trata de romantizar el sufrimiento ni de ofrecer recetas , sino de alojar el decir propio, singular, que no se deja absorber por los algoritmos del goce capitalista.

No es desde el escepticismo ni la denuncia vacía que se construye una salida, sino desde la insistencia en que hay deseo, y que ese deseo no se negocia con el mercado. Donde cae una certeza también se abre una pregunta y ahí también hay lucha. A veces tenue, a veces un murmullo pero real.


NADIE SE SALVA SOLX: EL LAZO COMO ACTO POLÍTICO EN TIEMPOS DE AISLAMIENTO SUBJETIVO


En la lógica actual del “sálvese quien pueda”, el psicoanálisis insiste en una verdad subversiva: nadie se salva solx.

Porque el sujeto no se construye en soledad ni resuelve con fórmulas individuales. Incluso cuando la época empuja a la autogestión emocional y al rendimiento personal como salvación, el síntoma sigue hablando de un lazo, de un Otro que se dirige, aunque sea en su falta.

Sostener una práctica que escuche eso, que no aplaste el decir bajo diagnósticos o pastillas, es también una forma de lucha, íntima y política a la vez. 

No se trata de soportar el malestar en la época, sino de abrirle una grieta para que aparezca un lazo, una pregunta, una palabra dirigida a un Otro.

En la época del “hacelo por vos”, el psicoanálisis sostiene una verdad intempestiva: el sujeto no se constituye solo. Como advierte Lacan, el inconsciente es el discurso del Otro, es decir hay un lazo estructural que nos habita, incluso en el síntoma más cerrado. 

Frente al discurso capitalista que disuelve los lazos y empuja al sujeto a su propia autogestión emocional, nadie se salva solo, y aunque la época invite al encierro en sí mismo o en la pantalla, la palabra que encuentra dirección, que toca a un Otro, es la forma más radical de la resistencia subjetiva.


CONCLUSIÓN


En un mundo que todo lo acelera, que empuja a la productividad emocional y a las soluciones sin demora, el psicoanálisis insiste. Insiste con su tiempo, con su espera, con su silencio. No porque se oponga caprichosamente al ritmo de la época, sino porque sabe que allí donde todo se quiere cerrar rápido, algo del sujeto queda afuera.

El psicoanálisis no cura como una promesa mágica, ni responde al “¿Qué hago con esto?” con fórmulas. Pero aloja la pregunta, la demora, el tropiezo. Y en ese gesto intempestivo, devuelve al sujeto algo de su dignidad: la posibilidad de no ceder a la demanda del Otro, y de inventar, en lo singular, una salida.

Y sin embargo, en medio del ruido, del click inmediato, del mandato de sanar rápido y seguir, hay quienes todavía se animan a hablar. A tropezar con sus palabras. A no saber qué hacer con eso que duele . Y entonces, ahí, en el silencio entre dos, algo se suspende. No hay técnica, ni receta, ni respuesta empaquetada. Hay escucha. Hay tiempo. Hay un cuerpo que empieza a ser habitado de otro modo. Un deseo que, aunque herido, no se rinde. Ese, tal vez, sea hoy el acto más subversivo: no ceder al apuro y animarse a desear.

“El analista no debe ceder en su deseo” - Jacques Lacan, Seminario 11


  1. Mario Malaurie: Psicoanalista, Psicòlogo social, Director de la Escuela Psicoanalitica de Psicologia Social (EPPS).

  2. Nieves Soria: Psicoanalista y Doctora en Psicologìa por la Universidad de Buenos Aires, miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.


Agradezco a mi hija Martina Rombolà quien colaborò en la ediciòn, sugerencias y correcciones.